La vida en los pueblos de los años 70 y 80 era tranquila. Los vecinos se conocían por su nombre y por su apodo; las calles eran nuestro territorio de aventuras: hacer mandados, montar en bicicleta, jugar al fútbol, ir al colegio, a la plaza de mercado y jugar por las calles. Para esta época no había lugar para el aburrimiento ni límites para nuestra imaginación a la hora de divertirnos.
Estar en los charcos en Cisneros era una tarea diaria como si se tratase de una materia
más del colegio; por la cercanía que tenía con el río, no faltaba el chapuzón y los
miércoles era la fecha oficial para ir a los mejores charcos que estaban más alejados,
como el Azul o La tranquilidad, y en compañía de mis padres y sus amigos se convertía
en el paseo de olla para preparar un delicioso sancocho y disfrutar todo el día. Montar en patines por las calles, jugar con una llanta y un palo rodándola por todo el pueblo, esperar la pasada del tren matutino que, a lo lejos, con un pequeño murmullo, empezaba a captar nuestra atención y al paso de un galope aumentaba su cadencia, mientras en esa misma fracción de tiempo nuestro rostro se ensanchaba junto con los ojos y una sonrisa de alegría nos unía como si recibiéramos todos un mismo regalo.
Salir de caminata por la carrilera para llegar a las fincas de molienda y hacer lo que
llamamos el calado: la melaza de jugos de la caña que pasaban de caldero en caldero; se depositaba en una olla a la que le agregamos bicarbonato, lo que hacía subir el líquido en espuma, que nos comíamos con quesito y parva; era una experiencia inolvidable.
En Cañasgordas, jugar 8 desafíos diarios de futbol con los compañeros de la cuadra en
las calles que eran empinadas, armando la portería con dos piedras en cada lado y dando rienda suelta a nuestros sueños de jugador, hacer esto incluso hasta las 10 de la noche, fue una de las cosas que nos permitía la vida de pueblo.
Hacer las convivencias del colegio, donde caminábamos hasta las veredas cercanas
todos con un fiambre y sentados en la manga a sentir ese olor a boñiga, tierra fresca,
disfrutar del verde de los campos y la mezcla de sabores de lo que cada uno tenía en su
hoja de biao, era estar hermanos por un sentimiento de cercanía, sin distingos de ninguna condición social; la comida, se puede decir que nos igualaba.
Salir de paseo en bicicleta por carreteras destapadas y trochas en los campos para
conquistar la cumbre de manglar nos hacía sentir como los escarabajos colombianos de las grandes vueltas Lucho Herrera y Fabio Parra. Iniciar el recorrido en descenso para el municipio de Uramita o Dabeiba y buscar los ríos para darnos el chapuzón, disfrutar luego del fiambre y emprender el regreso, todos encerrados en nuestro cuento, nuestro mundo, nuestra burbuja; éramos solo los amigos disfrutando de nuestras vivencias; nuestro mundo era el pueblo y lo poco que pudiéramos ver de la televisión nacional.
Estar en los actos cívicos del colegio, hacer dramatizaciones de las clases de historia,
salir al tablero en la clase de geografía y saber ubicar las islas, volcanes, ciudades y
capitales, todo en un proceso de memorización donde el atlas era nuestro libro guía.