Una noche, sin poder dormir, una voz interna me repetía: “Escribe tu historia”. Al día
siguiente abrí el computador y empecé a escribir; me sentía en otra dimensión, como si alguien más guiara mis manos y las palabras cobraran vida para mi historia. Cada recuerdo encajó como pieza de un rompecabezas que llevaba años esperando ser armado.
Al inicio era solo copiar todo lo que recordaba sin importar el orden cronológico; me
acordaba de cosas de la infancia y cosas actuales. Decidí continuar con mi rutina como si estuviera en el trabajo; me organizaba en las mañanas, dejaba a mi esposa en la oficina y continuaba para un centro comercial a una zona de coworking. Sentía que en ese ambiente donde había personas desarrollando sus propios negocios, algo de esa esfera de humo invisible de pensamientos por reflejo se me pegaría y me ayudaría en la
materialización del libro.
Cuando pasaba por las librerías en estos centros comerciales, empezaba a pensar qué
tan bueno sería tener algún día mi libro aquí expuesto y esto me hacía querer seguir
copiando todo lo que llegaba a mi mente.
En febrero de 2025, recibí la llamada del técnico del equipo donde jugaba mi hijo desde
los 7 años: Me informa que ya no sería tenido en cuenta. Pensé en cómo darle la noticia. Mi mente elaboró escenarios, respuestas, miedos. Pero su reacción fue inspiradora:
“Tranquilo, papá. Buscamos otro equipo.”
En su momento no le había dado trascendencia a este proceso, que fue exactamente 15 días antes de mi día D, pero al final entendí que el proceso de mi hijo era el espejo que me había enviado el universo para que me pudiera reflejar en él y su proceso fuera parte de la inspiración para la historia. Entendiendo que Dios no muestra el destino sin antes mostrar el camino.
Con mi hijo menor también había pasado algo similar el año anterior, pero también era
otro hecho aislado en su momento, del que nunca esperé que estuviera relacionado en
esa secuencia que solo el universo tiene para mostrarnos y sorprendernos. Aquí aprendí, como dijo Steve Jobs, que los puntos no se pueden atar mirando hacia adelante, solo se unen mirando hacia atrás. Cuando empecé a conectar todos los sucesos que habían antecedido mi día D, no solo lo más reciente, sino también toda la reconstrucción de mi historia familiar, me abrieron finalmente el camino para comenzar a escribir. Era como quitar un velo que no me dejaba ver lo que estaba preparado, descubrir unas capacidades que estaban ocultas, acercarme a la lectura de los libros que me sirvieron de fuente de inspiración. Para cada paso que daba, encontraba una guía, un espejo, una idea, cumpliéndose la frase de Joe Dispenza en su libro Deja de ser tú. Donde pones tu atención, pones tu energía. Así me pasó por el lapso de 6 meses: todo llegaba en el momento preciso con la fuerza del corazón.
Así surgieron las historias de mis hijos, los libros que me inspiraron, la música, las
anécdotas familiares, las conversaciones con amigos y ese hilo invisible —la chispa
divina— que une todo lo que vivimos.