A los 8 años, el entrenador de la selección infantil de Cañasgordas me dijo: “A usted no le gusta el fútbol”. Con aquellas palabras sentí que me quitaban mi juguete favorito. Desde ese día entendí que la actitud no se negocia: como se entrena, se juega. Y que el compromiso define hasta dónde llegarás en todo lo que enfrentes en la vida.
El primer día de servicio militar sentí que perdía mi identidad y el mundo que ya tenía
preconcebido desapareció cuando nos bajamos del bus y estábamos dentro de las
instalaciones de la brigada. No teníamos la más remota idea de lo que enfrentaríamos y
cada evento del día estaba encaminado a darnos una pequeña cachetada, como si
necesitáramos despertar de un sueño del que no queríamos salir, pero cada uno de los
sentidos nos mostraba una señal de que todo había cambiado. Tuve que pasar la página al instante, adaptarme y confiar en que ese capítulo también tendría un final.
Aprender a convivir con 120 personas en el alojamiento, hacer una formación en
pelotones de 30 soldados, aprender a saludar, estar atento a todo lo que tenías a tu
alrededor, atalajarse, tender un catre, armar un fusil, amarrar tus botas, sacarles brillo,
llevar la cadencia en la marcha y muchas más. Me sentía en un curso acelerado; lo que
normalmente tardaría un mes, en una semana ya lo teníamos interiorizado. Tan solo con
16 años, el proceso de convertirme en una persona adulta fue el curso de formación más rápido y valioso que he tenido en mi vida.
En 2015 recibí la noticia de que tenía cáncer de tiroides. Fue un sacudón donde vi pasar
mi vida por instantes con la nostalgia del pasado, la preocupación del presente y la
incertidumbre del futuro. Aprendí a valorar el tiempo con mi familia y a darle un nuevo
sentido a lo cotidiano. “Dios no muestra el destino sin antes mostrar el camino”.
En el año 1979 recuerdo que me volaba para los charcos en Cisneros y pareciera que el
destino tiene siempre una forma particular de darnos enseñanza, por eso se dice que se aprende cuando uno se cae. Así me paso un día cuando estando en esos charcos me corte un dedo y la experiencia de la sutura fue la lección que necesitaba aprender para nunca volver a salir sin pedir permiso.
En el colegio, la profesora nos manda a su casa a recoger las hojuelas y los bolis para la venta en los descansos. Nada venía contado y podíamos comer algo en el camino, pero la formación que aprendimos en casa, nunca quise traicionar esa confianza y al final siempre recibía la hojuela y dos bolis.
Una mañana, por alguna discusión de niño, le derramé el aguapanela caliente a mi
hermana Claudia y mi reacción fue volarme de la casa. A la hora ya estaba de regreso y
mi padre me encierra en el baño todo el día; recuerdo que me pasaron el desayuno
debajo de la puerta, el almuerzo y la cena. Ese puedo decir que fue mi primer momento
de un espacio de soledad rodeado de 4 paredes, porque después de una hora ya había
agotado todos mis juegos posibles con la imaginación.